divendres, 29 de juliol de 2011

El bar bodega Rosales

d.o.n.d.u. (2010): Ca'l Pep
El bar bodega Rosales es una de las tabernas más antiguas del barrio. Tiene un suelo maltrecho y desnivelado de baldosas negras y blancas y un viejo mostrador de obra revestido de cerámica, cuyos ángulos y borde superior imitan rugosos troncos de pino hechos con argamasa y pintados de color marrón, con nudos y vetas muy convincentes. El mostrador lo remodeló con sus manos el mismo tabernero, el señor Agustín, que había sido albañil con ideas y gusto para la decoración, y en su día la obra mereció encendidos elogios de la parroquia por su gran parecido con troncos de verdad, pero la señora Paquita detesta esos troncos porque la corteza leñosa, tan admirada, acumula polvo y mugre y está más que harta de frotarlos con lejía y un cepillo. A un lado del mostrador hay cinco grandes toneles de vino, tres abajo y dos encima, y algunas barricas de licores igualmente para la venta a granel, y al otro lado, tres mesas de mármol rectangulares con patas de hierro colado y arrimadas a la pared con azulejos a media altura, donde una ventana, provista de una vieja persiana descolorida, se abre a la calle Torrente de las Flores. Al fondo, el local se estrecha y se oscurece en torno a un futbolín bajo una lámpara de pantalla verde, ahora apagada, que hace dos años alumbraba una mesa de billar. El negocio se sustenta más en la venta a granel que en el servicio y consumo en mesas, y los parroquianos habituales que vienen a pasar el rato son contados, sobre todo los días de entre semana. Desde la calle, echando una ojeada al pasar, suele verse en la penumbra el encorvamiento predador de una silueta frente a la barra, la sombra inestable de algún bebedor solitario y paciente con su vaso de vino en la mano, pero, salvo los cuatro o cinco vecinos adictos al dominó y al subastado los sábados y domingos por la tarde, los mismos que en las noches de verano cogen su taburete y una cerveza fría y se sientan en la acera, o los jóvenes pandilleros que se juntan ruidosamente en torno al futbolín antes de acudir al baile de La Lealtad o al Verdi, la taberna es un oloroso nido de sombras y silencio.

Juan Marsé (2011): Caligrafía de los sueños, Lumen, 81-82.

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