dimarts, 9 de setembre de 2014

Màrius Carol: Un estiu a l'Empordà, sobre Grimod de La Reynière

Invitació a un sopar
L'endemà, mentre jo cercava informació del Pere Monastrell per Internet, vaig rebre un llibre titulat En el nom del vi que havia estat traduït a vuit idiomes, on explicava la seva filosofia sobre l'elaboració de bons vins. A la primera plana vaig trobar una citació que em va fer somriure: "Hi ha massa vi al món per a les misses i massa poc per fer girar els molins; begem-ne, doncs. Grimod de la Reynière". Em va fer gràcia no només la sentència, sinó que correspongués a un dels més grans gastrònoms de França, a qui, sent corresponsalt a París, vaig dedicar un article al diari amb motiu de la reedició facsímil del seu Manual de anfitriones y guía de golosos. Grimod va ser el primer periodista gastronòmic de la història, després d'haver estat un amfitrió excepcional que, com que no tenia una gran fortuna, organitzava uns famosos sopars on hi acudia el bo i millor de la intel·lictualitat francesa prerevolucionària, i que finançava gràcies a la publicitat. Als teatrals àpats a la seva mansió dels Camps Elisis hi anaven vint-i-dos convidats, dels quals només dos eren dones, obligatòriament vestides d'home, però invitava tres-centes persones més per veure l'espectacle culinari des d'una galeria del primer pis. Certament valia la pena veure aquells superbiosos banquets, on Grimod no tenia cap mena de problema per cantar les excelències dels subministradors de les primeres matèries: "Aquesta vedella és del carnisser Beaumont i aquells dolços són del pastisser Rouget, que us recomano vivament".
Llavors vaig recordar una frase que havia trobat de Grimod que em va servir per començar el meu article i que deia que "El vi és la llet dels vells, el bàlsam dels adults i el motor del llaminer". I encara afegia que el millor àpat sense vi és com un ball sense orquestra, com un còmic sense màscara o com un farmacèutic sense quinina. 

Màrius Carol (2014):Un estiu a l'Empordà. Columna. Pàgines 66-67.

dimecres, 14 d’agost de 2013

Paràbola del blat i el jull

Peter Brueghel el Viejo (1565): La cosecha. Metropolitan Museum of Art, Nueva York
24 Després els proposà aquesta altra paràbola:
--Amb el Regne del cel passa com amb un home que va sembrar bona llavor en el seu camp;
25 però, mentre tothom dormia, vingué el seu enemic, va sembrar jull enmig del blat i se'n va anar.
26 Quan els brins van créixer i es va formar l'espiga, aparegué també el jull.
27 Els mossos anaren a trobar l'amo i li digueren:
»--Senyor, ¿no vas sembrar bona llavor en el teu camp? D'on ha sortit, doncs, el jull?
28 »Ell els respongué:
»--Això ho ha fet un enemic.
»Els mossos li diuen:
»--¿Vols que anem a arrencar el jull?
29 »Ell els respon:
»--No ho feu pas, no fos cas que, arrencant el jull, arrenquéssiu també el blat.
30 Deixeu que creixin junts fins al temps de la sega, i llavors diré als segadors: "Arrenqueu primer el jull i feu-ne feixos per cremar-lo; el blat, en canvi, arreplegueu-lo i porteu-lo al meu graner."

(Mt, 13, 24-30) La Bíblia (1993): Nou Testament: Evangeli de Mateu, Associació Bíblica de Catalunya, Editorial Claret i Societats Bíbliques Unides.
Per llegir-ne més

dissabte, 3 d’agost de 2013

Los olivos cuadriculan el paisaje (Antonio Muñoz Molina: El viento de la Luna)

MAR DE OLIVOS. ÚBEDA

Si lloviera algún día en estas vacaciones yo podría quedarme en la cama hasta que estuviera bien entrada la mañana. Si no llueve se trabaja un día tras otro, sin descansar nunca, ni en Navidad ni en Año Nuevo; se termina de recoger la aceituna de un olivo y se pasa al siguiente, y siempre queda por delante una hilera que no parece que vaya a acabarse nunca. Las cuadrículas de los olivares se prolongan hasta difuminarse en el horizonte, igual que los caminos inundados de aceituneros. Mientras varean los hombres hablan sin descanso de fincas, de números de olivos, de los cientos o millares de kilos de aceituna que dio un olivar en la pasada cosecha. Hablan, se ríen a carcajadas, repiten bromas o refranes que son los mismos que dirán mañana y el año que viene y los que decían hace diez o veinte años, se suben a los troncos, dan golpes tremendos y a la vez muy calculados a las ramas para que la aceituna se desprenda de ellas sin que sea dañada, encienden cigarrillos que se les quedan apagados entre los labios, se raspan de las botas el barro que se adhiere a las suelas, tiran al unísono de los mantones cargados de aceituna. El árbol es una deidad austera y resistente a los golpes de las varas, un organismo de una fortaleza hosca, casi mineral, adaptado a los extremos del clima, a la escasez de agua, a las heladas del invierno, con un tronco duro y rugoso por el que parece imposible que circule la savia, con el volumen y la textura de una roca o de una joroba de bisonte, con raíces tan hondas que pueden alcanzar las humedades más escondidas de la tierra, con hojas puntiagudas, con el haz verde oscuro y el envés de un gris de polvo, hojas pequeñas y combadas para resistir en el aire muy seco reduciendo al mínimo la evaporación. Plantados en filas paralelas, a distancias iguales, sobre la tierra clara y arcillosa, los olivos cuadriculan el paisaje con una seca geometría que solo se suaviza en las distancias, cuando la bruma azulada y la sucesión de las copas enormes ofrece un espejismo de frondosidad. De cerca son figuras ascéticas, hurañas, altivamente aisladas entre sí, de una longevidad y una envergadura que vuelven triviales por comparación a las personas que se afanan mezquinamente en torno a ellos, arrastrándose por el suelo para recoger sus frutos, empeñando todas sus fuerzas y todas sus ambiciones, las energías enteras de sus vidas, a cambio de un beneficio escaso e inseguro, que ni siquiera es del todo generoso ni en los mejores años de abundancia, salvo para los dueños de los grandes olivares. Una cosecha que se anuncia buena cuando al final de la primavera brotan los racimos de flores amarillas se malogrará si no llueve a tiempo ese año o si al principio del invierno caen unos hielos demasiado fuertes.

Antonio MUÑOZ MOLINA (2006): El viento de la Luna. Seix Barral Biblioteca Breve. Barcelona. Páginas 253-254.

El paso de las estaciones (Antonio Muñoz Molina: El viento de la Luna)

Antonio López Torres (1957): Viñas en otoño. Museo Antonio López Torres
Por Santiago y Santa Ana
pintan las uvas.
Para la Virgen de agosto
ya están maduras.
Cada día del año tiene el nombre de un santo. Casi cada tarea, cada estación, cada cosecha traen consigo sus refranes, sus coplas o frases hechas de una sabiduría heredada y machacona que yo también me he aprendido de memoria de tanto escucharlas. De la vida y del trabajo ellos no esperan novedad, sino repetición, porque el tiempo en el que viven no es una flecha lanzada en línea recta hacia el porvenir, sino un ciclo que se repite con la pesada longitud con que gira la muela cónica de piedra de un molino de aceite, al ritmo demorado y previsible con que se suceden las estaciones, los trabajos del campo, los períodos de la siembra y la cosecha. Lo que a mí me aburre, me impacienta, me exaspera, a ellos les depara una serenidad apacible que seguramente hace más llevadero el agotamiento del trabajo y el fruto mezquino e inseguro de cualquier esfuerzo. La siega y la trilla de los cereales en los días ardientes del verano, la vendimia en septiembre, la siembra del trigo y de la cebada a principios del otoño, la matanza del cerdo en noviembre, después de los días de Todos los Santos y de los Difuntos, la recogida de la aceituna a lo largo del invierno, las hortalizas más sabrosas y el cuidado de los olivares en la primavera, cuando aparecen por primera vez las habas tiernas en el interior de sus vainas aterciopeladas y las flores amarillas en los olivos como un anticipo de la futura cosecha. Y siempre los augurios, el canto de un cierto pájaro o una zona de claridad en el cielo del amanener que anuncian la lluvia, los augurios y el miedo a que no llueva a tiempo después de la siembra y las semillas se mueran en la tierra, o a que llueva demasiado al final de la primavera y se pudran las espigas sin madurar, a que una helada tardía en febrero fulmine en una sola noche los almendros en flor. Todo inseguro, sometido a las hostilidades del azar y del mal tiempo, tan incierto siempre que no es prudente confiar por completo en nada, porque una helada en invierno o una tormenta de granizo en verano pueden desbaratar la esperanza de la mejor cosecha, y porque una bendición fácilmente se puede convertir en una desgracia: la lluvia ansiada que viene en forma de inundación destructiva, la cosecha tan abundante que deja exhaustos para varios años los olivos o la tierra de siembra y que además hace que su hundan los precios.
Agua por San Juan
quita aceite, vino y pan.
Antonio MUÑOZ MOLINA (2006): El viento de la Luna. Seix Barral Biblioteca Breve. Barcelona. Páginas109-110.
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